HABLEMOS DE POLÍ-TIKA

VIEJA Y NUEVA POLÍTICA.


No es uso en nuestro país que a quien no ha entrado en un cierto gremio formado por gentes que ejercen un equívoco oficio bajo el nombre de políticos, se le repute como un normal derecho venir a hablar en público de los grandes temas nacionales. Al político le es permitido hablar de medicina en la apertura de una Academia, de agricultura en una Sociedad campesina, de poesía en un Ateneo; estoy por decir que de teología en todas partes; pero a quien no es político, ¡hablar de política! Esto es hacer usos nuevos, y nada arguye tan grande inmodestia como el intento de nuevos usos. Os pido perdón por lo que acaso es mi osadía, pero no tengo derecho en el resto de mi conferencia a renunciar, por pareceros humilde, a la energía y hasta a la acritud propia a algunas ideas que voy a exponer.
No se trata de ideas originales que puedan haber sobrevenido al que está hablando en una buena tarde; se trata de todo lo contrario: de ideas, de sentimientos, de energías, de resoluciones comunes, por fuerza, a todos los que hemos vivido sometidos a un mismo régimen de amarguras históricas, de toda una ideología y toda una sensibilidad yacente, de seguro, en el alma colectiva de una generación que se caracteriza por no haber manifestado apresuramientos personales; que, a falta tal vez de brillantez, a sabido vivir con severidad y con tristeza; que no habiendo tenido maestros, por culpa ajena, ha tenido que rehacerse las bases mismas de su espíritu; que nació a la atención reflexiva en la terrible fecha de 1898, y desde entonces no ha presenciado en torno suyo, no ya un día de gloria ni de plenitud, pero ni siquiera una hora de suficiencia. Y, por encima de todo esto, una generación, acaso la primera, que no ha negociado nunca con los tópicos del patriotismo y que, al escuchar la palabra España, no recuerda a Calderón ni a Lepanto, no piensa en las victorias de la Cruz, no suscita la imagen de un cielo azul y bajo él un esplendor, sino que meramente siente, y esto que siente es dolor.
Quisiera gritar lo menos posible. Decía Leonardo de Vinci que dove si grida non é vera scienza, donde se grita no hay verdadero conocimiento. La Liga de Educación Política se propone mover un poco de guerra a esas políticas tejidas excusivamente de alaridos, y por eso, aun cuando cree que sólo hay política donde intervienen las grandes masas sociales, que sólo para ellas, con ellas y por ellas existe toda política, comienza dirigiéndose primero a aquellas minorías que gozan en la actual organización de la sociedad del privilegio de ser más cultas, más reflexivas, más responsables, y a éstas pide su colaboración para inmediatamente transmitir su entusiasmo, sus pensamientos, su solicitud, su coraje, sobre esas pobres grandes muchedumbres dolientes.

EN LAS ÉPOCAS DE CRISIS, LA VERDADERA OPINIÓN PÚBLICA NO ES LA EXPRESADA POR LOS TÓPICOS AL USO

Al hablaros, frente a la vieja, de una nueva política, no aspiro, por consiguiente, a inventar ningún nuevo mundo. Acercándose a la política es cuestión de honradez para el idólogo torcer el cuello a sus pretensiones de pensador original. Un principio, nuevo como idea, no puede mover a las gentes. Nueva política es nueva declaración y voluntad de pensamientos, que, más o menos claros, se encuentran ya viviendo en la conciencia de nuestros ciudadanos.
Decía genialmente Fichte que el secreto de la política de Napoleón, y en general el secreto de toda política, consiste simplemente en esto: declarar lo que es, donde por lo que es entendía aquella realidad de subsuelo que viene a constituir en cada época, en cada instante, la opinion verdadera e íntima de una parte de la sociedad.
Todos habréis experimentado hasta qué punto es difícil saber cuáles son nuestras verdaderas, íntimas, decisivas opiniones sobre la mayor parte de las cosas: hablamos de ellas, opinamos sobre ellas, porque el trato o utlidad nos obligan a decir algo, a tomar alguna posición. Pero bien notamos que algo en nosotros se resiste a reconocer en esas opiniones emitidas por nuestros labios nuestras verdaderas opiniones: no daríamos por ellas ni una sola hora de sueño. Y no es que mintamos: esto supondría que decimos una cosa y pensamos claramente otra. Lo único de que sinceramente nos percatamos es de que allá, el fondo oscuro e íntimo de nuestra personalidad no se siente ligado íntegramente a esas opiniones que dicen nuestros labios o que hace como que piensa nuestra mente, no son opiniones sentidas; no son nuestras opiniones. Son los tópicos recibidos y ambientes, son las fórmulas de uso mostrenco, que flotan en el aire público y que se van depositando sobre el haz de nuestra personalidad como una costra de opiniones muertas y sin dinamismo.
La política es tanto obra de pensamiento como obra de voluntad; no basta con que unas ideas pasen galopando por unas cabezas; es menester que socialmente se realicen, y para ello, que se pongan resueltamente a su servicio las energías más decididas de anchos grupos sociales.
Y para esto, para que las ideas sean impetuosamente servidas, es menester que sean antes plenamente queridas, sin reservas, sin escepticismo, que hinchen totalmente el volumen de los corazones.
Mas ocurre que las gentes, unas por falta de cultura, otras por falta de poder reflexivo, otras porque no han tenido solaz, otras por falta de valor (ya veremos que también hace falta valor para pensar lealmente consigo mismo), no han podido ver claro, formularse claramente ese su íntimo, hondo sentir. De aquí la misión que, según Fichte, compete al verdadero político: declarar lo que es, desprenderse de los tópicos ambientes y sin virtud, de los motores viejos y, penetrando en el fondo del alma colectiva (como el intelectual, el artista. Nota del editor), tratar de sacar a luz en fórmulas claras, evidentes, esas opiniones inexpresas e íntimas de un grupo social, de una generación, por ejemplo. Será fecunda la labor de esa generación cuando vea claramente qué es lo que quiere.
En épocas críticas una generación puede condenarse a histórica esterilidad, por no haber tenido el valor de licenciar las palabras recibidas, los credos agónicos y hacer en su lugar la enérgica afirmación de sus propios, nuevos sentimientos. Como cada individuo, cada generación, si quiere ser útil a la humanidad, ha de comenzar a ser fiel a sí misma (¿hay alguna generación chilena “fiel a sí misma”, en estos momentos? La de “los treinta”, tan decisiva en estas cuestiones y a la cual pertenezco, no; y los que somos sinceros, nos corren de todas partes. ¿Ominami chico lo será? Tampoco. Nota del editor)
Comprenderéis que el empeño parece en tal punto excesivo, que tomarlo sobre sí alguien como yo, sería sencillamente intolerable, si no estuviéramos todos y cada uno obligados a ensayarlo en todos los momentos, cada cual a su manera.
Nuestra generación parece un poco remisa a acudir a una brecha donde es menester que ponga su cuerpo. Y esto no sería tan absolutamente grave como es, si no trajera consigo y significara el fracaso de nuestra generación, y si este fracaso de nuestra generación no fuera, tal vez, según los momentos que llegan, posible anuncio del fracaso definitivo de nuestro pueblo.
Es una ilusión pueril creer que está garantizada en alguna parte la eternidad de los pueblos; de la historia, que es una arena toda de ferocidades, han desaparecido muchas razas como entidades independientes. En historia, vivir no es dejarse vivir; en historia, vivir es ocuparse muy seriamente, muy conscientemente del vivir, como si fuera un oficio. Por esto es menester que nuestra generación se preocupe con toda consciencia, premeditamente, orgánicamente, del provenir nacional. Es preciso hacer una llamada enérgica a nuestra generación, y si no la llama quien tenga positivos títulos para llamarla, es forzoso que la llame cualquiera; por ejemplo, yo.

LA ESPAÑA OFICIAL Y LA ESPAÑA VITAL

Casi diría que los pensamientos más urgentes que tenemos que comunicarnos unos a otros podrían nacer todos de la meditación de este hecho: que sea preciso llamar a las nuevas generaciones, quiere decir que no están ahí en su puesto de honor.
Naturalmente, por nuevas generaciones no se me ha de entender sólo esos pocos individuos que gozan de privilegios sociales por el nacimiento o el personal esfuerzo, sino igualmente a las muchedumbres coetáneas. Más aún: las muchedumbres, para los efectos políticos, tienen siempre una media edad: el pueblo ni es nunca viejo ni es nunca infantil: goza de una perpetua juventud. De modo, que decir que las generaciones nuevas no han acudido a la política es como decir que el pueblo, en general, vive una falta de fe y de esperanzas políticas gravísima.
Con todos sus terribles defectos, habían, hasta no hace mucho, los partidos políticos, los partidos parlamentarios, subsistido inmersos en la fluencia general de la vida española; nunca había faltado por completo una actividad de ósmosis y endósmosis entre la España parlamentaria y la España no parlamentaria, entre los organismos siempre artificiales de los partidos y el organismo espontáneo, difuso, envolvente, de la nación. Merced a esto pudieron renovar, evolutivamente, de una manera normal y continua, sus elementos conforme los perdían. Cuando la muerte barría de un partido los miembros más antiguos, los huecos se llenaban automáticamente por hombres un poco más jóvenes, que, incorporando al tesoro ideal de pricipios del partido algo de esa su poca novedad, dotaban al programa, y lo que es más importante, a la fisonomía moral del grupo, de poderes atractivos sobre las nuevas generaciones. Pero desde hace algún tiempo esa función de pequeñas renovaciones continuas en el espíritu, en lo intelectual y moral de los partidos, ha venido a faltar, y privados de esa actividad -que es la mínima operación orgánica-, esa ósmosis y endósmosis con el ambiente, los partidos se han ido anquilosando, petrificando, y, consecuentemente, han ido perdiendo toda intimidad con la nación.
Estas expresiones mías, sin embargo, no aciertan a declarar con evidencia la enorme gravedad de la situación: parecen, poco más o menos, como esa frase estereotipada de que usan los periódicos cuando suelen anunciar que tal Gobierno se ha apartado de la opinión. Pero yo me refiero a una cosa más grave. No se trata de que un Gobierno se haya apartado, en un asunto transitorio de legislación o de ejercicio autoritario, de la opinión pública, no; es que los partidos íntegros de que esos Gobiernos salieron y salen, es que el Parlamento entero, es que todas aquellas corporaciones sobre que influye o es directamente influido el mundo de los políticos, más aún, los periódicos mismos, que son los aparatos productores del ambiente que ese mundo respira, todo ello, de la derecha a la izquierda, de arriba a abajo, está situado fuera y aparte de las corrientes centrales del alma española actual. Yo no digo que esas corrientes de la vitalidad nacional sean muy vigorosas (dentro de poco veremos que no lo son), pero, robustas o débiles, son las únicas fuentes de energía y posible renacer. Lo que sí afirmo es que todos esos organismos de nuestra sociedad -que van del Parlamento al periódico y de la escuela rural a la Universidad-, todo eso que, aunándolo en un nombre, llamaremos la España oficial, es el inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan en pie los elefantes .
Esto es lo grave, lo gravísimo.
Se ha dicho que todas las épocas son épocas de transición. ¿Quién lo duda? Así es. En todas las épocas la substancia histórica, es decir, la sensibilidad íntima de cada pueblo, se encuentra en transformación de la misma suerte que, como ya decía el antiquísimo pensador Jonio, no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, porque éste es algo fluyente y variable de momento a momento, así cada nuevo lustro, al llegar, encuentra la sensibilidad del pueblo, de la nación, un poco variada. Unas cuantas palabras han caído en desuso y otras se han puesto en circulación; han cambiado un poco los gustos estéticos y los programas políticos han trastocados algunas de sus tildes. Esto es lo que suele acontecer. Pero es un error creer que todas las épocas son épocas de transición. No, no; hay épocas de brinco y crisis subitánea, en que una multitud de pequeñas variaciones acumuladas en lo inconsciente brotan de pronto, originando una desviación radical y momentánea en el centro de gravedad de la conciencia pública.
Y entonces sobreviene lo que hoy en nuestra nación prsenciamos: dos Españas que viven juntas y que son perfectamente extrañas: una España oficial que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida, y otra España aspirante, germinal, una España vital, tal vez no muy fuerte, pero vital, sincera, honrada, la cual, estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia.
Éste es el hecho máximo de la España actual y todos los demás no son sino detalles que necesitan ser interpretados bajo la luz por aquél proyectada.
Lo que antes decíamos de que las nuevas generaciones no entran en la política no es más que una vista parcial de las muchas que pueden tomarse sobre este hecho típico: las nuevas generaciones advierten que son extrañas totalmente a los principios, a los usos, a las ideas y hasta al vocabulario de los que hoy rigen los organismos oficiales de la vida española. ¿Con qué derecho se va a pedir que lleven, que traspasen su energía, mucha o poca, a esos odres tan caducos, si es imposible toda comunidad de transmisión, si es imposible toda inteligencia?
En esto es menester que hablemos con toda claridad. No nos entendemos la España oficial y la España nuestra, que, repito, será modesta, será pequeña, será pobre, pero que es otra cosa que aquélla; no nos entendemos. Una misma palabra pronunciada por unos y por otros significa cosas distintas, porque va transida de emociones antagónicas.
Ta vez alguien diga que son estas afirmaciones gratuitas del sesgo acostumbrado siempre y conocido a la vanidad de los ideólogos. Creo que para obviar este juicio bastaría con que nos volviéramos a algunas cosas concretas de lo que está pasando.
Ahora se van a abrir unas Cortes; estas Cortes no creo que las haya inventado precisamente un ideólogo; todo lo contrario; ¿no es cierto? Pues bien; salvo algunos elementos, componen esas Cortes partidos que por sus títulos, por sus maneras, por sus hombres, por sus principios y por sus procedimientos podrían considerarse como continuación de cualesquiera de las Cortes de 1875 acá. Y esos partidos tienen a su clientela en los altos puestos administrativos, gubernativos, seudotécnicos, inundando los consejos de administración de todas las grandes compañías, usufructuando todo lo que en España hay de instrumento de Estado. Todavía más: esos partidos encuentran en la mejor prensa los más amplios y más fieles resonadores. ¿Qué les falta? Todo lo que en España hay de propiamente público, de estructura social, está en sus manos, y, sin embargo, ¿qué ocurre? ¿Ocurre que estas Cortes que ahora comienzan, no van a poder legislar sobre ningún tema, no van a poder preparar porvenir? No ya eso. Ocurre, sencillamente, que no pueden vivir, porque para un organismo de esta naturaleza vivir al día, en continuo susto, sin poder tomar una trayectoria un poco amplia, equivale a no poder vivir. De suerte que no necesitan esos partidos viejos que vengan nuevos enemigos a romperles, sino que ellos mismos, abandonados a sí mismos, dentro de su vida convencional, no tienen los elementos necesarios para poder ir tirando. ¿Véis cómo es una España que por sí misma se derrumba?
Lo mismo podría decirse de todas las demás estructuras sociales que conviven con esos partidos: de los periódicos, de las academias, de los Ministerios, de las Universidades, etc., etc. No hay ninguno de ellos hoy en España que sea respetado y, excepto el Ejército, no hay ninguno que sea temido.
La España oficial consiste en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos Ministerios de alucinación.
Conste que no he hecho aquí la crítica, cien veces repetida, de los abusos y errores que unos partidos, unos periódicos, unos Ministerios vengan cometiendo. Sus abusos me traen sin cuidado para los efectos de la nueva orientación política que busco y que hoy os ofrezco, la previa cuadrícula, la pauta de conceptos generales donde habrá de irse encontrando en sus detalles. Los abusos no constituyen nunca, nunca, sino enfermedades localizadas, a quienes se puede hacer frente con el resto sano del organismo. Por eso no pienso como Costa, que atribuía la mengua de España a los pecados de las clases gobernantes, por tanto, a errores puramente políticos. No; las clases gobernantes durante siglos -salvas breves épocas- han gobernado mal no por casualidad, sino porque la España gobernada estaba tan enferma como ellas. Yo sostengo un punto de vista más duro, como juicio del pasado, pero más optimista en lo que afecta a porvenir. Toda una España -con sus gobernantes y sus gobernados-, con sus abusos y con sus usos, está acabando de morir. Y como son sus usos, y no sólo sus abusos, a quienes ha llegado la hora de fenecer, no necesita de crítica ni de grandes enemigos y terribles luchas para sucumbir.
Mis palabras, pues, no son otra cosa sino la declaración de que la nueva política ha de partir de este hecho: cuanto ocupa la superficie y es la apariencia y caparazón de la España de hoy, la España oficial, está muerto. La nueva política no necesita, en consecuencia, criticar la vieja ni darle grandes batallas; necesita sólo tomar la filiación de sus cadavéricos rasgos, obigarla a ocupar su sepulcro en todos los lugares y formas donde la encuentre y pensar en nuevos principios afirmativos y constructores.
No he de insistir, naturalmente en traer pruebas para esto. Yo no pretendo hoy demostrar nada: vengo simplemente a dirigir algunas alusiones al fondo de vuestras conciencias. Allí es donde podréis lealmente buscar la confirmación de mis aseveraciones. No vengo a traeros silogismos, sino a proponeros simples intuiciones de la realidad.
Pero es muy natural que acontezca en España esto que acontece; y si lo que voy a decir ahora es en cierta manera nuevo, que no lo es, pero nuevo para un público un poco amplio, es porque no se quiere pensar seriamente en política.
QUÉ SIGNIFICA PARA NOSOTROS “POLÍTICA”

La nueva política, todo eso que, en forma de proyecto y de aspiración, late vagamente dentro de todos nostros, tiene que comenzar por ampliar sumamente los contornos del concepto político. Y es menester que signifique muchas otras actividades sobre la electoral, parlamentaria y gubernativa; es preciso que, trasponiendo el recinto de las relaciones jurídicas, incluya en sí todas las formas, principios e instintos de socialización. La nueva política es menester que comience a diferenciarse de la vieja política en no ser para ella lo más importante, en ser para ella casi lo menos importante la captación del gobierno de España, y ser, en cambio, lo único importante el aumento y fomento de la vitalidad de España. De suerte que llegará un día (¿quién lo duda?) en que, con unos u otros hombres, la nueva política ganará sus elecciones y tendrán gentes de su espíritu las varas de alcaldes; pero esto no pesará en su satisfacción ni un adarme más que el haber conseguido, por ejemplo, que se publique un buen libro de anatomía o de eleectricidad, o haber hecho que se forme por los labriegos perdidos en el áspero rincón de una montaña una sociedad agrícola de resistencia.
Está dicho que el Estado español, es decir, el buen compás jurídico, el formalismo oficial, en una palabra, el orden público no es precisamente a quien nosotros deseamos servir. Es más; si el Estado español fuera el que se hallara enfermo por errores de esto que se ha llamado política, entonces no tendríamos por qué considerarnos obligados moralmente a servir en la vida pública. Lo malo es que no es el Estado español quien está enfermo por externos errores de política sólo; que quien está enferma, casi moribunda, es la raza, la substancia nacional, y que, por tanto, la política (como se la ha entendido) no es la solución suficiente del problema nacional, porque es éste un problema histórico. Por tanto, esta nueva política tiene que tener consciencia sí misma y comprender que no puede reducirser a unos cuantos ratos de frívola peroracion ni a unos cuantos asuntos jurídicos, sino que la nueva política tiene que ser toda una actitud histórica. Esta es una diferencia esencial. El Estado español y la sociedad española no pueden valernos igualmente lo mismo, porque es posible que entren en conflicto, y, cuando entren en conflicto, es menester que estemos preparados para servir a la sociedad frente a ese Estado, que es sólo el caparazón jurídico, el formalismo externo de su vida. Y si fuera, como es para el Estado español, como para todo Estado, lo más importante el orden público, es menester que declaremos con lealtad que no es para nosotros lo más importante el orden público, que antes del orden público hay la vitalidad nacional.
DIFERENCIA RADICAL ENTRE LA “LIGA DE EDUCACIÓN POLÍTICA ESPAÑOLA” Y LOS PARTIDOS ACTUALES

Si tenéis algún deseo de entender bien nuestras aspiraciones y queréis, desde luego, ser justos con aquello que hay de pretensión de novedad en nuestros propósitos -no esperando a que hasta los ciegos lo tengan que reconocer-, es necesario que toméis completamente en serio esa ampliación del concepto “política” que acabo de exigir; que la realicéis en vuestro pensamiento y advirtáis las consecuencias a que lleva.
Todas las labores que hasta ahora realizan todos los partidos se reducen a preparar, conquistar y ejercer la actuación de gobierno. Política es, hasta ahora, sólo gobierno y táctica para la captación de gobierno. Sólo en parte, y en parte sólo, habremos de considerar como excepciones el partido socialista y el movimiento sindical; que por esto son las únicas potencias de modernidad que existen hoy en la vida pública española, y con las cuales nosotros nos confundiríamos si no se limitaran, sobre todo el socialismo, a credos dogmáticos con todos los inconvenientes para la libertad que tiene una religión doctrinal.
Consideramos el Gobierno, el Estado, como uno de los órganos de la vida nacional; pero no como el único ni siquiera el decisivo. Hay que exigir a la máquina Estado, mayor, mucho mayor rendimiento de utilidades sociales que ha dado hasta aquí; pero aunque diera cuanto idealmente le es posible dar, queda por exigir mucho más a los otros órganos nacionales que no son el Estado, que no es el Gobierno, que es la libre espontaneidad de la sociedad.
De modo que nuestra actuación política ha de tener constantemente dos dimensiones: la de hacer eficaz la máquina del Estado y la de suscitar, estructurar y aumentar la vida nacional en lo que es independiente del Estado. Nosotros iremos a las villas y a las aldeas, no sólo a pedir votos para obtener actas de legisladores y poder de gobernantes, sino que nuestras propagandas serán a la vez creadoras de órganos de socialidad, de cultura, de técnica, de mutualismo, en fin, de vida humana en todos sus sentidos: de energía pública que se levante sin gestos precarios frente a la tendencia fatal en todo Estado de asumir en sí la vida entera de una sociedad.
Por esto es, en nuestra opinión, “política” toda una actitud histórica. La Historia, según hoy se entiende, no es, en primer término, la historia de las batallas, ni de los jefes de Gobierno, ni los Parlamentos: no es la historia de los Estados, que es el cauce o estuario, sino de las vitalidades nacionales, que son los torrentes.
Esto de que con tanta insistencia aparezca, no sólo en mis palabras, que es lo de menos, sino en el fondo de las conciencias de esa España no oficial, el término y la idea de la vitalidad nacional y su oposición a eso que se llama el orden público, indica que deben significar cosa distinta de lo que a primera vista aparece. Pues es natural, es evidente: nadie está dispuesto a defender que sea la Nación para el Estado y no el Estado para la Nación, que sea la vida para el orden público y no el orden público para la vida. Algo, pues, debe de haber latente, y es la convcción de que hay motivos para que sea de especial urgencia entender por política el conjunto de labores cuyo fin sea el aumento del pulso vital de España, especialmente aquellas que signifiquen el violento acoso de esta raza valetudinaria haca una enérgica existencia.
La lealtad puede decirse que es el camino más corto entre dos corazones, y yo ahora no hago sino dirigirme al fondo leal de los vuestros y preguntaros si allá, en ese fondo insobornable que no se deja desorientar nunca por completo, a comparar la época actual con la que queda de otro lado -por lo menos en el pleno dominio de la conciencia española, del otro lado del 98, si no notáis que es característica de la aactual la sspecha reca y trágica de que no ha sido sólo éste o el otro Gobierno, tal institución o tal otra, quien ha llegado por sus errores y sus faltas a desvirtuar la energía nacional al punto a que ha llegado; y estoy seguro de que en ese fondo leal de vosotros a que antes me refería, si recordáis lo que os pasara siempre que hayáis pensado en un tema político con un poco de atención, habréis sorprendido en vostros la sospecha previa de que las soluciones políticas no son bastantes; de que, bajo las presentes o posibles texturas legales, la raza se halla exánime; de que no se puede contar, por lo menos de antemano y como han contado y cuentan otros pueblos, con una abundancia de energías que sólo aguardan cauce, que sólo le quedan unos hilillos de vitalidad histórica, y de que, por tanto, toda solución meramente política es insuficiente.
Por esta trágica convicción señores, nos preocupa tanto afirmar la necesidad de anteponer el salvamento de nuestra vida a toda jurídica delicadeza, porque estamos en el fondo convencidos de que tenemos muy poca vida, de que urge acudir a salvar esos últimos restos de potencialidad española.
Y es claro que, bajo esta trágica convicción, el orden público, la paz jurídica no perderán el carácter de cosas respetables, pero francamente se convertirán en respetables nimiedades. Nuestro problema es mucho más grande, mucho más hondo; no es vivir con orden, ¡es vivir primero!
LA MUERTE DE LA RESTAURACIÓN

Estas dos emociones radicales, la de abrigar vivas sospechas sobre el positivo vigor histórico de nuestra raza y, en consecuencia, la de estar dispuestos a anteponer todos aquellos medios que sean necesarios para avivarla, a las meras ficciones de buen Gobierno, significa que ha entrado España en una época de la pública sensibilidad incompatible e incomunicante con otra época que se conoce en la Historia con el nombre de Restauración, la cual gravitaba sobre las dos ideas más opuestas a éstas que cabe imaginar. Y como el ser toda una actitud histórica es el carácter que tiene que tener la nueva política, antes de comenzar la actividad conviene que tomemos una clara orientación histórica.
Aquel apartamiento de la política de las nuevas generaciones, esa senilidad, esa desintegración fatal de los partidos vigentes, esa conducta de fantasmas que llevan los organismos de la España oficial frente a la nueva, debían recibir una sencilla denominación histórica; eso tiene un nombre, hay que ponérselo: es que asistimos al fin de la crisis de la Restauración, crisis de sus hombres, de sus partidos, de sus periódicos, de sus procedimientos, de sus ideas, de sus gustos, y hasta de su vocabulario; en estos años, en estos meses concluye la Restauración (Transición. Nota del transcriptor), la liquidación de su ajuar; y si se obstina en no morir definitivamente, yo os diría a vosotros -de quienes tengo derecho a suponer exigencias de reflexión y consciencia elevadamente culta-, yo os diría que nuestra bandera tendría que ser esta: “la muerte de la Restauración”. “Hay que matar bien a los muertos”.
¿Qué es la Restauración, señores? Según Cánovas, la continuación de la historia de España. ¡Mal año para la historia de España si legítimamente valiera la Restauración como su secuencia! Afortunadamente es todo lo contrario. La Restauración significa la detención de la vida nacional. No había habido en los españoles, durante los primeros 50 años de siglo XIX complejidad, reflexión, plenitud de intelecto, pero había habido coraje, esfuerzo, dinamismo. Si se quemaran los discursos y los libros compuestos en ese medio siglo y fueran substituídos por las biografías de sus autores, saldríamos ganando ciento por uno. Riego y Narváez, por ejemplo, son, como pensadores, ¡la verdad!, un par de desventuras; pero son, como seres vivos, dos altas llamaradas de esfuerzo.
Hacia el año 1854 -que es donde en lo soterraño se inicia la Restauración- comienzan a apagarse sobre este haz triste de España los esplendores de ese incendio de energías; los dinamismos van viniendo luego a tierra como proyectiles que han cumplido su parábola; la vida española se repliega sobre sí misma, se hace hueco de sí misma. Este vivir el hueco de la propia vida es la Restauración.
En pueblos de ánimo más completo y armónico que el nuestro puede, a una época de dinamismo, suceder fecundamente una época de tranquilidad, de quietud, de éxtasis. El intelecto es el encargado de suscitar y organizar los intereses tranquilos y estáticos, como son el buen gobierno, la economía, el aumento de los medios, de la técnica. Pero ha sido la característica de nuestro pueblo haber brillado más como esforzado que como inteligente.
Vida española, digámoslo lealmente, señores, vida española, hasta ahora, ha sido posible sólo como dinamismo.
Cuando nuestra nación deja de ser dinámica cae de golpe en un hondísimo letargo y no ejerce más función vital que la de soñar que vive.
Así parece que en la Restauración nada falta. Hay allí grandes estadistas, grandes pensadores, grandes generales, grandes partidos, grandes aprestos, grandes luchas: nuestro ejército en Tetuán combate con los moros lo mismo que en tiempo de Gonzalo de Córdoba; en busca del Norte enemigo hienden la espada del mar nuestras carenas, como en tiempos de Felipe II; Pereda es Hurtado de Mendoza y en Echegaray retoña Calderón. Pero todo esto acontece dentro de la órbita de un sueño; es la imagen de una vida donde sólo hay de real el acto que la imagina.
La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría.
“No llamaré Restauración a la contrarrevolución -dice Cánovas-, sino conciliación”. “No hay vencedores ni vencidos -dice otra vez. ¿No son sospechosas, no os suenan como propósitos turbios estas palabras? Esta premeditada renuncia a la lucha, ¿se ha realizado alguna vez y en alguna parte, en otra forma que no sea la complicidad y el amigable reparto? “Orden”, “orden público”, “paz”... es la única voz que se escucha de un cabo a otro de la Restauración. Y, para que no se altere el orden público, se renuncia a atacar ninguno de los problemas vitales de España, porque, naturalmente, si se ataca un probema visceral, la raza, si no está muerta del todo, responde dando una embestida, levantando sus dos brazos, su derecha y su izquierda, en fuerte contienda saludable.
Y, para que sea imposible hasta el intento de atacarlos, el partido conservador, y Cánovas haciendo de buen Dios, construye, fabrica un partido liberal domesticado, una especie de buen diablo o de pobre diablo, con que se complete este cuadro paradisíaco.
Y, todo intento de eficaz liberalismo es aplastado, agostado. Recordad si no a la izquerda dinástica, que se parece tanto a ciertas evoluciones de nuestros días (Escalona. Nota del editor).
Para que puedan vivir tranquilamente estas estructuras convencionales, es forzoso que todo lo que haya en torno de ellas se vuelva convención; en el momento en que introduzcáis un germen de vida, la convención explota.
Y aquí tenéis que Cánovas sólo en una cosa aprieta -ya es esto para ponernos en guardia, una cosa que va a servir como de suprema convención, encargada de dar seguridad a todas las demás. Esta cosa es la lealtad monárquica (¿Por qué será que desde Ricardo I y, sobre todo con Michelle I, no se hable más que de “lealtad para con la Prescidenta”? Hasta los menos inteligentes hablan de una suerte de “Monarquía Prescidencial”), de que en breve hablaremos. Se hace del monarquismo un dogma sobrenatural, indiscutible, rígido (avalado por la popularidad en las encuestas de ambos. Nota del editor). Y eso, eso es lo único que antepone Cánovas al orden público y que identifica con España. Sus palabras fueron: “Sobre la paz está la Monarquía”. Frase verdaderamente sospechosa para quien sobre todo, incluso sobre la vitalidad nacional, estaba la paz. Pero Cánovas, señores, no era una criatura inocente; yo respeto sinceramente su enorme talento, tal vez el más grande de su siglo en España para cuestiones ideológicas, si hubiera podido dedicar a ellas su vida; mas por encima de ser un gran erudito, y un gran orador, y un gran pensador, fue Cánovas, señores, un gran corruptor; como diríamos ahora, un profesor de corrupción. Corrompió hasta lo incorruptible. Porque esa frase “sobre la paz está la Monarquía” produjo el efecto de convertir, a su vez, en dogma rígido, esquemático, inflexible, ineficaz, extranacional, a la idea republicana. La frase de Cánovas fue al punto contestada por la extrema izquierda de este modo. “Para nosotros, sobre la paz está la República”. Y he aquí dos esquemas simplistas, Monarquía y República, puestos sobre todas las cosas nacionales, y he aquí España girando sobre dos polos, que son dos duros vocablos. Medio país cupado en garantir el orden público en nombre de la Monarquía y el otro medio país cupado en subvertirle en nombre de la República. Y como el orden público se pedía en nombre de una palabra y no de nada substancial, y como la revolución se demandaba en servicio de algo bien poco inminente y positivo, no había sino una ficción y cáscara de orden, no había más que revoluciones oratorias. De este modo se embotó el sistema nervioso de las clases acomodadas, acostumbrándolas a la ineficacia y a la desconfianza, y los republicanos endurecieron todavía más a las muchedumbres con sus simplismos. Los hombres que entonces quisieron iniciar en España el movimiento socialista, que era una política mucho más compleja, mucho más sabia y mucho más real, saben muy bien cómo fue para ellos una muralla granítica el republicanismo restaurador.
Me es imposible seguir con detalle, porque el tiempo corre muy de prisa, los distintos rasgos característicos de la Restauración; y lo siento verdaderamente, porque forman un cuadro cuya contraposición exacta hallaríais en el fondo de vuestras conciencias. Sólo mentaré los nombres de estos rasgos fisonómicos. Es, por lo pronto, el amor a la ficción jurídica (este orden público a que antes me refería) (“las instituciones funcionan”. Nota del editor), a la pomposidad (“femicidio político”, dijo “la gordi”. Nota del editor), a la exterioridad, a contentarse con la apariencia (el Transmula “funciona un tercio mejor”. Nota del editor). Es el seguir hablando de la tradición nacional (“Tradición republicana”. Nota del editor), lo cual es grave, señores, porque no es sino otro nombre con que se indica el desconocimiento del caso España, de lo que es España como peculiar problema histórico y político. Porque lo que representa España, a diferencia de los demás pueblos actuales de Europa, es ser el pueblo en que no han fracasado estos o los otros hombres, estas o las otras instituciones, sino algo más hondo; es que en nuestra historia tenemos un rompimiento de la eficacia de los principios más íntimos e inalienables del pueblo, de la tradición; en España es donde (aun aparte de cuestiones de ética y de derecho) el tradicionalismo no puede ser nunca un punto de partida para la política. Podrá, tal vez, ser útil para ciertas labores contemplativas; pero centrar la política en la tradición, conservar los nombres huecos del pasado y con eso querer resolver las lacras de presente, esto no es más que un desconocimiento de la realidad española, es decir, convencionalismo, simplismo, caracteres de la Restauración.
Pero, además de esto, fue la Restauración, como hemos visto, la corrupción organizada, y el turno de los partidos, como manivela de ese sistema de corrupción.
Por fin, yo casi estoy por decir como más característico que todo esto, como más pernicioso, como raíz y origen de todo lo dicho, el fomento de la incompetencia (desde cómo se “solucionó” el “problema de los Derechos Humanos, hasta EFE y el Transmula. Nota del editor).
Yo os pido que si queréis tomar una postura fundada ante los probemas actuales de la nacón, releáis, de cuando en cuando, libros en que se cuenta esta historia restauradora, por ejemplo, entre los que se ocupan de los últmos veinte años de esta etapa, los veinte tomos del Año político, de Soldevilla, donde están los gérmenes puros, ingenuamente depositados sobre el papel, de los hechos nacionales en aquel período. Y yo os digo que de esa galería oscura de años inertes, de años trágicos, porque la inercia puede tomar en ocasiones el vuelo de una trágica condición, de aquel movimiento de generales que van y vienen y se suceden (recordemos que es en esa época cuando bombardean Valparaíso, aprovechando que está de moda Prat. Nota del transcriptor), de comisiones que se reúnen y se desunen sin haber resuelto nada (Sin comentarios. Nota del transcriptor), de temas que se suscitan y a los cuales no piensa nadie dar cima ni llegar a la fórmula más elemental de su solución, de todo ese fondo no os quedarán, sin embargo, como lo más característico, flotando en la memoria, grandes crímenes constitucionales, ni, tal vez, demasiado grandes y súbitos descubrimientos de defraudaciones al Erario; pero lo que sí emana de todos esos años oscuros y terribles es una omnímoda, horrible, densísima incompetencia.
¿Adónde podía conducir todo esto? Al 98. ¿Cómo dudar de la existencia de esas dos Españas incomunicantes e incompatibles a que yo antes me refería? Deben ser un poco enfermos de la memoria quienes lo niegan, cuando olvidan que entre esa época y nosotros hay una fecha terrible, fatal: el 98. Podrá satisfacerse, el que encuentre en ello gusto, insistiendo en que la época del 98 acá no ha prducido hombres de cualidades brillantes; pero es que la convivencia nacional no es una reunión escolar en la que se trate de dar premio al mérito de unos cuantos. Por bajo la falta de brillantez en este o aquel individuo, está el acervo positivo de la gran modestia nacional, de la espléndida sacra anonimidad, y allí, sin ruido, lentamente, ocultamente, se viene preparando un momento justiciero (Guerra Civil, donde ganó definitivamente la “España oficial”. Nota del transcriptor). Es natural.
Tardará más menos en venir: pero el más humilde de vostrosos tiene derecho a levantarse delante de esos hombres que quieren perpetuar la Restauración y que asumen su responsabilidad y decirles: “No me habéis dado maestros, ni libros, ni ideales, ni holgura económica, ni amplitud saludable huamana; soy vuestro acreedor, yo os exijo que me déis cuenta de todo lo que en mí hubiera sido posible de seriedad, de nobleza, de unidad nacional, de vida armoniosa, y no se ha realizado, quedando sepulto en mí antes de nacer; que ha fracasado, porque no me disteis lo que tiene derecho a recibir todo ser que nace en latitudes europeas”.
Y aun habíamos de avergonzarnos de ser nosotros quienes viniéramos con estas exigencias, al fin y al cabo hemos nacido en las capas superiores de la sociedad española; pero, ¿qué no tendrían derecho a decir el obrero en la vida cruda de su ciudad y el labriego en su campiña desértica y áspera?
Todo español (chileno) lleva dentro como un hombre muerto, un hombre que pudo nacer y no nació, y claro está que vendrá un día, no nos importa cuál, en que esos hombres muertos escogerán una hora para levantarse e ir a pediros cuenta sañudamente de este vuestro innumerable asesinato.
Yo necesitaba extenderme en estos puntos de vista, y al solicitar a la acción pública a las nuevas generaciones y especialmente a las minorías que viven en ocupaciones intelectuales, no quiero decir que se dejen las exigencias y la fuerza de su intelectualidad en casa; es menester que, si van a la política, no se avergüencen de su oficio y no renuncien a la dignidad de sus hábitos mentales; es preciso que vayan a ella como médicos y economistas, como ingenieros y como profesores, como poetas y como industriales. Y la dignidad del hábito mental, adquirido por quien vive en obra de intelección, es moverse no sólo en cosas concretas, sino saber que para llegar a ellas fina y acertadamente hay que tomar a vuelta de las orientaciones generales. Lo general no es más que un instrumento, un órgano para ver claramente lo concreto; en lo concreto está su fin, pero él es necesario. Mientras sean para los españoles sinónimos la idea general y lo irreal, lo vago, todo empeño de renacer fracasará. Porque cultura no es otra cosa sino esa premeditada, astuta vuelta que se toma con el pensamiento -que es generalizador- para echar bien la cadena al cuello de lo concreto.

DESCONFIANZA ANTE LOS PROGRAMAS SIMPLES

Yo quisiera ahora, rápidamente, puesto que el tiempo no me deja más, explicar cuáles son algunas de las posiciones de la Liga de Educación Política frente a algunos temas presentes e ineludibles de la política española.
La “Liga de Educacion Política Española” no es hoy un partido parlamentario preo-cupado de captar el Poder y a quien sea urgente la posesión de esas ganzúas de gobierno que llaman algunos programas. ¡Ojalá que existieran hoy, como en otros tiempos, breves y sencillos ideales políticos, capaces de encender en llama viva los corazones de todo un pueblo, así de los privilegiados intelectuales como de las muchedumbres pasionales! Mas precisamente, porque hoy no los hay, se ha fundado la “Liga de Educacion Política Española”, a fin de que mañana, en un mañana muy próximo, los haya. Porque, como al principio os decía, y luego he insistido en decir y ahora reitero, se trata de un instante crítico en que las fórmulas recibidas y gritadas públicamente no satisfacen íntegramente a nadie y urge renovar los principios mismos de toda la batalla política, tejer nuevas banderas, modular nuevos himnos y forjar nuevas interjecciones políticas que no se pierdan en el aire, como meros sonidos, que acierten a poner tensión duradera en los músculos de legiones de brazos.
Por ser de inminencia que alguien tocara a rebato solicitando a la actuación política las nuevas generaciones, me he atrevido a hablaros desde aquí; pero mi atrevimiento no llega a más que enunciar aquellas convicciones primarias y genéricas dentro de las que evidentemente han de formarse sunevos usos. No he de tener a avilantez de exponeros mi programa. Experimento demasiado amor, tengo demasiada fe y conozco demasiado las dificultades que se encierran en esta frase: “nueva política”. ¿Lo oís bien? Nueva -por tanto, desde sus bases hasta sus cimas, desde sus axiomas a sus últimos corolarios, desde sus emociones hasta sus términos-, nueva. ¿Y voy a tener la avilantez de venir aquí, sin autoridad, y en un breve rato a pretender vuestra súbita cnversión? No; yo no puedo daros hoy otro programa que éste, compuesto de dos proposiciones: los programas usaderos son caducos e inútiles -venid a trabajar en un nuevo edificio de ideas y pasiones políticas. Yo ahora no pido votos; yo ahora no hablo a las masas; me dirijo a los nuevos hombres privilegiados de la injusta sociedad -a los médicos e ingenieros, profesores y comerciantes industriales y técnicos; me dirijo a ellos y les pido su colaboración.

MÁS ACCIÓN NACIONAL QUE FÓRMU-LAS POLÍTICAS

Cualquiera que sea el contenido particular de nuestro programa, sé de antemano que se caracterizará por exigir con el mismo vigor estas dos cualidades: justicia y eficacia. Mirad cómo en toda Europa comienzan nuevos fervores de luchas liberales y mirad cómo no encienden esa pasionalidad utopías más o menos remozadas, sino el ideal de la eficacia. (¿Qué mejor descripción del momento presente “posmo”? Nota del editor)
Vamos a inundar con nuestra curiosidad y nuestro entusiasmo los últimos rincones de España; vamos a ver a España y a sembrarla de amor y de indignación. Vamos a recorrer los campos en apostólica algarada, a vivir en las aldeas, a escuchar las quejas desesperadas allí donde manan; vamos a ser primero amigos de quienes luego vamos a ser conductores. Vamos a crear entre ellos fuertes lazos de socialidad -cooperativas, círculos de mutua educación, centros de observación y de protesta. Vamos a impulsar hacia un imperioso evantamiento espiritual los hombres mejores de cada capital, que hoy están prisioneros del gravamen terrible de la España oficial, más pesado en provincias que en Madrid. Vamos a hacerles saber a esos espíritus fraternos, perdidos en la inercia provincial, que tienen en nosotros auxiliares y defensores. Vamos a tender una red de nudos de esfuerzo por todos los ámbitos españoles, red que a la vez será órgano de propaganda y órgano de estudio del hecho nacional; red que forme un sistema nervioso por el que corran vitales oleadas de sensibilidad y automáticas, poderosas corrientes de protesta.
¡El programa! Si se entiende por tal algo hondo y vivaz, tiene que ser creado tema a tema, en esa convivencia a que os invito. Tengamos el valor de esa misma novedad que pretendemos y no conocemos, como han hecho y hacen los otros partidos, por el fin. Nosotros no tenemos prisa: prisa es lo único que suelen tener los ambiciosos.
Odiemos las puras palabras. ¿Qué ganaríamos con que yo ahora incluyera aquí un párrafo diciendo que es uno de los cuatro ángulos de nuestro programa la demanda de la moralidad en los poderes? (¿Por qué todos los cándidos hablan de transparencia y probidad ahora?) Es no se dice; eso es para hecho. En lugar de decirlo, hagámoslo; organicémonos en línea de agresión contra la inmoralidad; que lleguen a saber los ofendidos y maltrechos que hay una colectividad dispuesta y pertrechada en todo instante para defenderlos.
Sólo por la necesidad en que estamos -conforme tejemos esta nueva acción política, que será lo nuestro genuino- de dar cara a los sucesos de la política momentánea, de intervenir, desde luego, en la contienda, diré algo que ha de valer más bien como ejemplo de nuestra orientación que como definitivas aclaraciones, salvo en un asunto a que luego me he de referir.
¿Qué actitud tomar entre las direcciones genéricas de la política al uso? Señores, si yo ahora declaro que los que formamos parte de la Liga de Educación Política somos liberales, no diría nada, porque el vocabulario político está infestado y todos sus términos tienen que ser sometidos a lazareto. Las cosas claras. Yo desearía poderme llamar aquí radical. No creo, es cierto que todas las labores hechas por los radicales españoles hayan sido inútiles; ha habido algunos -que yo llamaría buenos demagogos- en cuya vida particular yo no tengo para qué meterme, que han ejercido una función necesaria en la sociedad: han producido como una primera estructura histórica en las masas; y esos son realmente respetables. Pero esto ocurre a alguno que otro. Los radicales, así, en general, son unas gentes que van gritando por esas reuniones de Dios, y nuestra política es todo lo contrario que el grito, todo lo contrario que el simplismo. Si las cosas son complejas, nuestra conducta tendrá que ser compleja. No hay nada más absurdo que, por ejemplo, pedir que en el espectro de los colores se nos indique donde exactamente acaba el anaranjado y donde empieza el amarillo, prque es esencial a los colores puros el fundirse unos con otros en transicion suavísima, el no acabar aquí o allí. Lo complejo tiene que ser reflejado, en los programas políticos complejamente; y una de las cosas más graves que ocurren en España es que sólo se dirigen a la multitud esos simplismos radicales o reaccionarios, esos grandes gritos que convierten a la política en un psicofantismo, en obra de denostación y de insulto. Por consiguiente, yo necesitaría mucho tiempo para explicar en qué sentido nosotros deseamos ser radicales, es decir, extremadamente liberales, mucho más liberales que cuantos partidos tienen hoy representación en nuestro Parlamento. Pero es que hay cosas que, a lo mejor, pasan como no radicales y lo son. Yo no puedo olvidar que uno de los intentos de reformas más positivamente avanzados que se ha intentado en la Hacienda fue una ley de impuestos sobre las cédulas personales; y los republicanos fueron los primeros en oponerse a ella. Mientras las cosas no se pongan claras, no podremos, sin incurrir en faltas de seriedad, declararnos, sin más ni más, radicales. ¿Para qué? ¿Para pedir la limosna de un aplauso?

LAS FORMAS DE GOBIERNO

Esto nos lleva a una de las cuestiones más graves del momento sobre la que es forzoso tomar una postura digna, seria, evidente, inequívoca: la cuestion de las formas de gobierno.
No vamos a ocultar nuestra gran simpatía por un movimiento reciente que ha puesto a muchos republicanos españoles en ruta hacia la Monarquía. Sin embargo, la mayor parte de los que hasta ahora componen la Liga de Educación Política no hemos sido nunca republicanos, o lo hemos sido, como muchos compatriotas nuestros, pasajeramente, en una hora de mal humor. Con esto quiero decir que la cuestión de Monarquía no puede significar para nosotros lo mismo que para aquellos que van lanzados en un viaje siempre azaroso hacia ella. En un país donde las masas están pervertidas por esos simplismos de los gritadores, a que antes me refería, harto tienen los que hacen la evolución con decir que van de la República a la Monarquía. Pero en esto hay un inconveniente: porque vienen de una República que es la lunática república de la Restauración , y al anuciar su proximidad a la Monarquía, las gentes literalmente entienden por Monarquía lo que ha significado esta palabra en la Restauración, y tienen razón a resistirse, y los que evolucionan tendrán fatalmente que retroceder con gran violencia, si ser monárquico va a seguir significando lo que ha significado hasta aquí.
Esto requiere una extremada precisión, es algo en que, por fuerza, ha de quedar claro el campo.
Aun cuando acepte la intención con que las palabras estas han sido frecuentemente dichas, no puedo aceptar la forma, no puedo aceptar los términos, según los cuales se dice que las formas de gobierno son accidentales.
¿Qué se quiere declarar con su accidentalidad? Sin duda se quiere decir que hay en nuestra consciencia política ciertas ideas a las cuales sentimos indisolublemente adscritos el eje moral de nuestra persona, y, en cambio, otras de las cuales, con más o menos facilidad, podríamos prescindir. Y, efectivamente, si somos leales con nosotros, las formas de gobierno nos aparecerán como de aquellas cosas de que en algún caso podríamos prescindir o que podríamos transmudar la una por la otra. Pero, ¿cuáles son las imprescindibles? ¿Cuáles son las que van atadas a ese fondo inalienable de consciencia política?
No es ciertamente la Monarquía, no es ciertamente la República. Las extremas izquierdas de todo el mundo, hoy los sindicalistas, con quien en cierto sentido simpatizamos, consideran a la República cosa tan reaccionaria como la Monarquía y piden un Estado espontáneo, difuso, sin poder gubernativo. Pero también los radicales de muchos países combaten el régimen parlamentario y el sufragio universal por juzgarlos antidemocráticos.
De suerte que lo único que queda como inmutable e imprescindible son los ideales genéricos, eternos, de la democracia; y, todo lo demás, todo lo que sea medio para realizar y dar eficacia en cada momento a esos ideales democráticos es transitorio.
Estos medios reales y transitorios para cumplir los ideales, los fines políticos, son los que se llaman instituciones; no conviene decir que las formas de gobierno son accidentales, porque toda institución lo es; toda institución es un mero instrumento que, a fuer de tal, sólo puede ser justificado por su eficacia. Abandonamos, pues, esta terminología escolástica en que se nos habla de lo accidental y de lo substancial; es menester que traigamos la cuestión a su terreno propio, que es el de los medios y fines; los medios, es decir, las instituciones, y los fines, es decir, la justicia humana y la plenitud vital de la sociedad.
Puesto el tema en este campo, que es el suyo, ¿cómo puede decirse que la institución máxima, de la que depende la buena marcha de todas las demás, es cosa de menor cuantía? No, esto quiere decir que se simpatiza con instituciones evanescentes y evaporadas cuya misión es ésta, siendo así que quien tiene una noción y un deseo de política como de algo plenamente vivo en todos sus órganos, no puede lealmente pedir estas instituciones holgazanas.
Esto nos huele demasiado a siglo XIX, que es para nosotros tan pasado como el X.
Bien está que los republicanos de la Restauración, contaminados por la política abstracta, irreal, de esta época; hombres que no sentían con la misma fe y con la misma fuerza que el imperativo de la justicia el imperativo de la eficacia, creyeran encontrar en no sé qué razones de no sé qué teorías, motivos para decidirse por una de estas formas de gobierno. Para nosotros, el problema de toda institución nace y muere dentro de la órbita experimental de la Historia. No entendemos qué puede quererse decir con que la República es mejor en teoría; no hay más teoría que una teoría de una práctica, y una teoría que no es esto, no es teoría, sino simplemente unan inepcia.
Se trata de estructurar la vida española, se trata de obrar enérgicamente sobre esos últimos restos de vitalidad nacional. Para esto, nosotros empezamos a trabajar en la España que encontramos. Somos monárquicos, no tanto porque hagamos hincapié en serlo, sino porque ella -España- lo es. No vemos en la Restauración el fracaso de la Monarquía, sino también el de los republicanos.
Convencidos de que a nadie en particular, sino a todos en general, correspondió el fracaso, esperamos de la Monarquía, en lo sucesivo, no sólo que haga posible el derecho y que se recluya dentro de la Constitución, sino mucho más: que haga posible el aumento de la vitalidad nacional. No somos, pues, Monárquicos porque dejemos de ser republicanos; no somos, no podemos ser, no entendemos que se pueda ser definitivamente lo uno ni lo otro. En esta materia no es decorosa al siglo XX otra postura que la experimental.
Como Renán decía que una nación es un plesbiscito de todos los días, así la Monarquía tiene que justificar cada día su legitimidad, no sólo negativamente, cuidando de no faltar al derecho, sino positivamente, impulsando la vida nacional. Pues, por encima de la corrección jurídica piden los pueblos a sus instituciones una imponderable justificación de su fecundidad histórica, y si no la dan, un día antes o un día después, las instituciones son tronchadas. Mas para esto es preciso que el pueblo vea bien claro quien no ha cumplido en esa institución, y para esto hace falta que vea a sus hombres mejores, a aquellos en quienes más confía, trabajar dentro de ella.
En España mientras no hubo republicanos hubo revoluciones; desde que hay republicanos no hay revoluciones. Esa actividad republicana enorme, ubicua, verdaderamente incansable durante cuarenta años, ha consistido en una abundantísima producción oral, y con ser tan tenues, tan leves los cuerpos de las palabras, han sido tantas las pronunciadas por los republicanos, que se han condensado en un recio muro, puesto en torno a la Monarquía, a la Monarquía tradicional, a la Monarquía lealista y extranacional, de tal manera que la defensa más poderosa que hasta ahora ha tenido la Monarquía ha sido esa muralla china de la oratoria republicana.
Señores: conviene que Monarquía y República dejen de ser dos concenciones sin tránsito fácil y vivo de la una a la otra; que no sea el declararse monárquico o republicano algo que, como el nacimiento o la muerte, no se puede hacer más que una sola vez en la vida. Nada viviente manifiesta estas rigideces; son propias de los esquemas.
La Monarquía puede, si quiere, hacerse solidaria de las esperanzas españolas y entretejerse hondamente con ellas; mas para esto es preciso, repito, que ser monárquico signifique otra cosa de lo que significó para los dos partidos restauradores.
Hay un momento famoso, en el año 1878, en que Cánovas, habiendo oprimido oratoriamente a Sagasta para que pronunciara la palabra fatal, la que le ligaba por siempre al convencionalismo de la Restauración, tuvo la satisfacción de oír que Sagasta la pronunciaba, y, entonces, recogiéndola y remachándola, pronunció estas otras, verdaderamente interesantes:
“La lealtad, cuando se trata de Monarquía y cuando la frase se completa llamándola lealtad monárquica -no la lealtad de las relaciones particulares-, tiene un sentido histórico, y este sentido histórico es estar con la Monarquía sin condiciones, de todas maneras, bien o mal, como la Monarquía se conduzca, de todas suertes apegados a ella. Este es el sentido histórico de la frase; esto es lo que hasta aquí se ha llamado lealtad monárquica; por lo cual tampoco el señor ministro de la Gobernación ha dudado ni por un instante de la lealtad del partido constitucional”.
...El cual era el partido liberal de la Restauración.
Sin embargo, no creáis que esto ha pasado por completo. Si no en fórmula tan extrema ni tan solemne yo tengo aquí unas palabras del señor Maura en 1907, donde viene a decirse lo mismo: “Así como una mujer, para elevar sus plegarias a la Virgen, necesita de una imagen para formarse una idea de ella, así la idea de la patria no está concebida sin el rey”.
Si se quiere una fórmula, tal vez ruda, pero la única que juzgamos digna y seria y patriótica, para expresar nuestra posición, diríamos que vamos a actuar en la política como monárquicos sin lealismo. La Monarquía es una institución y no puede pedirnos que adscribamos a ella el fondo inalienable, el eje moral de nuestra consciencia política. Sobre la Monarquía hay, por lo menos, dos cosas: la justicia y España. Necesario es nacionalizar la Monarquía.

LA ORGANIZACIÓN NACIONAL

Señores, la obra más característica que quisiéramos realizar, que por lo menos vamos a ensayar, consiste en poner junto a aquella afirmación genérica de liberalismo a que antes me refería (y que incluye en sí, naturalmente, todos los pricipios del socialismo y del sindicalismo en lo que éstos tienen de no negativos, sino de constructres), el princpio de la organización de España. Nos es tan esencial y tan necesario como ese principio de ética y de derecho que se llama liberalismo, el afirmar y el imponer todas aquellas labores y todas aquellas exigencias que traiga consigo la organización mínima de las funciones nacionales, que está completamente por realizar. Es decir, que para nostros es tan necesario como la justicia, la competencia en los gobernantes y en los administradores; y en esto estamos completamente por empezar. ¿A quién se va a encargar de la organización de los servicios? Todo lo que no sea esto, señores, es retórica, son palabras. Una nación no se hace sólo con un verso, con un razonamiento o con un párrafo que le ocurre a un orador; es una labor de todos los días, de todos los instantes; labor sobre la cual hay que extender como un calor, como un amor que haga fructificar a su tiempo la semilla y la acompañe en su expansión. Y esto, ¿dónde está preparado? ¿Cómo es posible que el estado actual de los partidos políticos se pueda encontrar amparo para esas delicadísimas, oscuras, nobes labores de competencia? Los Ministerios, como las Universidades, no crean competentes. Hay en ellas, naturalmente, algunos, muy pocos. Pero esos mismos que hay no pueden dar a la nación todo el rendimiento, todas las posibilidades que dentro llevan. Ya sé que hay hombres que han hecho y hacen esa labor sin pensar en el elogio; esa labor en que no se da la cara a la multitud, y, por tanto, no se corre el riesgo, siempre grato, de recibir el aplauso. A estos hombres y a otros que con ellos vengan, habrá de prestar su calor y su entusiasmo la Liga de Educación Política.
Este principio de la competencia es, no se me oculta, de grande sutileza. Comprendo que para decidir quién es competente es menester emplear unos aparatos de una finura tal, sobre todo de una finura moral tan exquisita, que es muy difícil lograrlos hoy por hoy en España. ¿Qué inconveniente va a tener el señor conde de Romanones en buscarse unos competentes domésticos?
Las Universidades dan títulos. Si se escoge un hombre que posea un montón de títulos, que transporte a lomo una carga de títulos, ya tenemos un competente. No señor; es preciso que de una vez para siempre recusemos todas esas competencias, fundadas en organismos que no han podido darlas, porque no las tenían.
Nos encontramos como con unos restos carcomidos de esa epoca restauradora, que va en naufragio, con dos partidos políticos, el partido conservador y el partido liberal, que aspiran a que sea eterna esa época y a que no rinda ese pleito homenaje a la ley de la historia que es el morir, como los individuos, las épocas alguna vez.
Pareció un momento como si ese par de alas anquilosadas fueran a desaparecer; hubo un momento en que esas alas estaban rotas, y ahora parece que se las quiere remendar.
La posición de la juventud que actualmente entra en la política, naturalmente tiene que ser la de aplicar en este caso concreto frente a esos partidos -si se obstinan demasiado en perdurar- aquella decisión que yo antes proponía de muerte a la Restauración; con esos partidos, absolutamente nada. Son el enemigo máximo, el que ha dejado morir a España; son los representantes de la inercia, del convencionalismo. Cada día que perduren sobre el haz de la Tierra se aleja un día más el resurgimiento de la vitalidad nacional.
M A U R A

Hay un hombre en la política española que se diferencia de estos partidos fantasmagóricos y frente al cual no hay otro remedio sino reconocerle que lleva tras de sí una realidad. Es el señor Maura. Pero esta realidad que está tras él es, señores, la más terrible de España, es el peso inerte que lleva España desde hace siglos; es lo que ha ido quedando sobre el organismo de a raza de resultas de sus fracasos y de sus dolores; es toda esa parte inculta, apegada a las palabras más viejas, a las emociones más extremas; es todo ese trozo de la raza que yo llamaría el trozo histérico de España. Pero es una realidad; eso está ahí y con el señor Maura, y es lástima que no podamos decir que estando detrás de él una realidad es él una realidad.
(¿Por qué será que mientras escribía este párrafo, creí que en cualquier momento diría Escalona? Nota del editor)
Yo, sinceramente, señores, pensando en las fórmulas que podrían darse de la política del señor Maura, me he encontrado siempre con que tendría que representarla como una figura típica de esa política restauradora.
El señor Maura (y dejemos las páginas oscuras de 1909) es el que ha afirmado siempre que España es una cuestión de orden público, que el gran problema de España es el ministerio de la Gobernación, precisamente en lo que tiene de ministerio de represión. Además, el señor Maura, cuando el señor Cambó, en las Cortes últimas, pedía que se rompiera para siempre el turno de los partidos, fue el defensor del turno de los partidos, síntoma típico de la Restauración; el señor Maura no ha defendido la cmpetencia; el señor Maura cree en los jesuitas. Y hoy, aun en un momento de renovación por los dolores, deja que, más menos en su nombre, se hable de “Dios, Patria y Rey”, el lema de los carlistas. ¿Es que vamos a poder ir con la Divinidad como eje de nuestros muñidores electorales?
La afirmación que hoy se hace de la política de 1909 consiste curiosamente en una operación de hacer entrar en lo que era muy poco, muchas cosas que allí no estaban; la política de 1909 nos suena a los españoles normales, corrientes, vulgares, simplemente a un movimiento guerrero en África, a una revolución, ¿qué digo revolución?, a un conato de motín en Barcelona y a una represión. No nos suena a más.

PARA LA CUESTIÓN MARROQUÍ PEDIMOS UN POCO DE SERIEDAD.

Con esto llegamos a un problema del cual no puedo menos de decir algo, por la enorme significación que tiene dentro de la atención española, y que, sin embargo, no puedo tocar de una manera suficiente por la absoluta escasez de tiempo; el problema de Marruecos.
Orientando como hems orientado todos los temas de esta conferencia en la oposición de una época restauradora y una época como que quiere venir, yo os diría que el problema de Marruecos se presenta, ante todo, como un síntoma ejemplar de cosas que ocurrieron en la Restauración: generales que van y vienen; victorias que lo son, pero que a algunos les parecen derrtas; una lluvia áurea de recompensas que el cordón de cierta Real Orden trae y lleva de lo más alto al último sargento.
El caso es que también la gente, como entonces, como en tiempos de Cuba, no sabe lo que pasa, no se forma esa noción modesta que hay que preparar, aun para las mínimas fortunas intelectuales del pueblo, de qué es lo que allí se hace.
Me es enojoso el empleo de palabras duras y excesivas; pero yo diría que es un poco escandalosa la ignorancia en que estamos de todo lo que se ha hecho, se puede hacer y conviene hacer en el problema de Marruecos. Por lo pronto, fuims sin saber por qué fuims. Esto puede tener dos sentidos: sin saberlo nosotros, los súbditos españoles, o sin saberlo los que nos llevaron; y no es saber por qué fuimos que se nos cite un texto o que se nos aluda a un posible texto o que se nos aluda a un posible texto de un tratado internacional. Pero, además -ante un público reflexivo-, puedo advertir cómo esta frase, de que fuimos sin saber por qué íbamos, tiene otro tercer sentido. Se pone el problema, y parece muy claro, en estos términos: ¿debimos ir o no a Marruecos, es decir, España a Marruecos? Todas las cavilaciones gravitan sobre el problema del deber ir no deber ir, y se olvidan de que antes de resolver esta cuestión parcial es menester que sepamos bien si sabemos qué es España y qué es Marruecos, señores, porque la ignorancia de la realidad nacional, de sus posibilidades actuales, de los medios para poder organizar una mayor potencialidad histórica, y, de otro lado, el grado de ignorancia de lo que constituye nuestro problema marroquí, más aún, de lo que es Marruecos, hasta como problema científico, hasta en su conocimiento más abstracto, es verdaderamente increíble. Yo leí, y me produjo un gran pesar, en un rapport de unfamoso geógrafo, publicado hace unos cuantos años, que sólo dos manchas hay desconocidas en el globo: una Tebesti -un rinconcito del centro de África-, y la otra -¿creéis que era allá por Groenlandia?; no-, la otra era eso que está a la vera de España desde que el mundo es mundo: el Rif. De suerte que después de conocido todo el mundo, después de quue las otras razas han cumplido con su misión enviando a veces al otro extremo de la tierra sus exploradores, no hemos tenido la curiosidad de conquistar para Europa el conocimiento geográfico de esto que está junto a España, a dos dedos de España. De manera que, aparte de la ignorancia política y guerrera que podamos tener, es decir, la ignorancia de si nos conviene o no la güera, etc., tenemos esta ignorancia mucho más básica, la ignorancia de lo que es Marruecos.
¿Y vamos a colonizarlo? Yo no digo que sí ni que no. Lo único que advierto es que, antes de resolver nada, es preciso conocer seriamente la situación, es preciso que nos propongamos estudiarla de un modo profundo y serio. Es muy fácil, para halagar a la muchedumbre exaltada, decir que se reembarquen las tropas, que vengan las tropas. Esta es una idea que anda por el aire y hay una porción de políticos que van a la carrera a ver si la atrapan y la pueden poner en su solapa para hacer de ella su programa político. Claro es; cualquiera puede recorgerla; ¡es tan simple, supone tan pocos quebraderos de cabeza, está ahí!
¿Véis en qué dirección va mi odio a eso que llaman problemas políticos? Yo sostengo que, en el mejor caso, se trata de inicuas explotaciones en beneficio particular de pasiones inconscientes de las pobres y ciegas muchedumbres hermanas.
Yo siento profunda aversión hacia toda guerra, simplemente por lo que tiene de guerra. Pero no voy a repetir en este asunto la postura ineficaz, soi-disant teórica, que censuraba en los republicanos cuanto a la forma de gobierno. Aspiraciones escatológicas, proyectos para un futuro idel humano son las normas que han de orientar nuestras afirmaciones de política; pero no pueden nunca confundirse con éstas. Un ideal étnico no es un ideal político. Mientras esto no se vea claro y no se reconozca su evidencia, la política será una hipocresía vergonzosa y un perpetuo engaño del prójimo y de nosotros mismos. Hay que deslindar ambos campos. (¿Por qué será que al leer esto pienso en la UDI y su cruzada “antipíldora”? Nota del editor).
Que no haya guerras de ninguna clase es un tema santo de propaganda social, de humana religión, de cultura, pero no una posición política con sentido. En política sólo cabe oponerse a esta guerra, a aquella guerra, y, consecuentemente, oponerse por las razones concretas que en cada caso se den, no por la razón abstracta que existe, y que yo íntegramente reconozco y defiendo, contra toda guerra. Creo que es innecesario repetir por milésima vez, en esta coyuntura, las palabras célebres de Bebel en el Congreso Socialista de Essen.
Conclúyase, pues, la guerra ésta; pero dígasenos por qué. Tal vez declarar los motivos que llevamos dentro contra esta guerra sea más útil para España que la conquista de medio continente. Pero no se concluya la guerra por la misma razón que se comenzó: porque sí (“Porkesinium”, decía una antiguo kamarada mío. Nota del editor). Ya que no sabíamos por qué fuimos, sepamos por qué volvemos.
Acaso muchas de las razones corrientes conta esta guerra no sean tales razones contra esta guerra, sino manifestaciones de un cierto estado de espíritu, innegablemente muy generalizado, en relación con nuestro ejército. No tenemos fe en la buena organización de nuestro ejército; y de que no salgamos de estas dudas tienen, a no dudarlo, parte de la culpa los que por un topre, insincero radicalismo han impedido que los españoles civiles entren en mayor intimidad con los españoles militares, produciéndose una mutua y penosísima suspicacia.
Nos son ellos, sin embargo, los únikos culpables.
En todos los demás organismos nacionales ha habido individuos de las nuevas generaciones, que han tenido el valor, que han cumplido el deber de declarar los defectos fundamentales de esos organismos. En cambio, hasta hoy no conocemos críticas amplias y severas de la organización del ejército, y esto es un deber que se haga, éste es un asunto en que nosotros debemos estar decididos a conseguir esclarecimientos.
Tanto como me sería repugnante cualquiera adulación al ejército, me parecía sin sentido no entrar con los militares en el mismo pie de fraternidad que con los demás españoles.
Por eso no creo herir ningún mandamiento ni ninguna prescripción si solicito a los militares jóvenes, a los que son en el ejército también una nueva generación, para un cierto género de colaboración ideal y teórica, para una como comunión personal con los demás españoles de su tiempo que se preocupan de los grandes problemas de la patria.
De todas suertes hay que recordar, frente a los simplismos de los gritadores, que el problema de la guerra supone la solución previa al problema de Marruecos. Y esta es la hora, señores, ¡vergüenza da decirlo!, en que no se ha oído ninguna voz clara articulada, que muestre reflexión, conocimiento ni astucia sobre este asunto. ¡Ved como el programa, éste programa, digno de una nueva política, no puede inventarse en la soledad de un gabinete. Sin una múltiple colaboración, sin medios abundantes, ¿quién puede pretender ideas claras sobre esto que España en cinco siglos no ha conseguido fabricar?
En fin, señores, habíamos de decidir el punto de la guerra y el abandono absoluto de Marruecos, incluso de esos viejos peñones calvos donde está agarrada secularmente España como un águila herida y todavía continuábamos forzados a tener pensada una política africana. Pero de esto no podemos hoy hablar con oportunidad.
Estos días toma un cariz nuevo este problema de Marruecos, un cariz de política interior, un cariz nuevo del que va a ser difícil tratar con discreción. Alguien, presentándose noblemente como guerilla avanzada de quien no aparece todavía, ha disparado un venablo..., no sé como decir esto, ha disparado un venablo en dirección cenital. Y ha habido en muchos periódicos esta exclamación: “Eso es quebrantar secreto”. Señores, vayamos claros: nos pasamos la vida diciendo que no sabemos nada de Marruecos y cuando se nos presenta alguien que nos declara un secreto, ¿vamos a negarle la audición? No; eso tenemos que recibirlo con simpatía, con honda simpatía. Ahora, una cosa es eso y otra es que nos parezcan tan simpáticos los que pueden ser móviles de esa declaración de secretos. Porque son cosas que pasaron en 1909 y ha corido el tiempo hasta 1914. ¿Qué ha pasado entre medias de nuevo que justifique la nueva actitud de un hombre? Nada nacional: sólo un asunto particular. Y además de esos secretos ahora presentados, resulta que hubo un momento en que los gobernantes de 1909 estaban plenamente convencidos de que no se debía realizar una cierta campaña, en una cierta manera, y eso trajo consigo el que una porción de españoles pensaran próximamente lo mismo que el Gobierno y eso produjo un movimiento de inquietud en Barcelona, que tuvo como consecuencia una represión por el mismo Gobierno que pensaba lo mismo que aquellos que protestaban (¿por qué será que esta “represión” me recuerda a la de los pingüinos, que pensaban lo mismo que la presidenta: “hay que cambiar la educación”? Nota del editor).

CONCLUSIÓN.

Liberalismo y nacionalización propondría yo como lemas a nuestro movimiento. Pero, ¡cuánto no habrá que hablar, que escribir, que disputar hasta que estas palabras den a luz todo el inmenso significado de que están encintas!
Nacionalización del ejército, nacionalización de la monarquía, nacionalización del clero (no puedo en esto detenerme), nacionalización del obrero; yo diría que hasta nacionalización de esas damas que de cuando en cuando ponen sus firmas detrás de unas peticiones cuya importancia y trascendencia ignoran, peticiones que, a veces, van a herir la posibilidad de que se realice una función vital, imprescindible en España (como la impugnación de la “píldora del día después”, por ejemplo. Nota del editor).
Yo pido la colaboración principalmente a las gentes jóvenes de mi país para esta labor tranquila, continua, a su hora enérgica; violenta cuando fuere menestar, dedicada al estudio de los problemas nacionales, a la articulación detallada de una porción de masa nacional a la cual no ha llegado todavía la acción de los partidos políticos -de las villas y lugares, sobre todo, de los labriegos. España, que sólo tiene unas cuantas capitales, capitales que por cierto no son suficientes para responder a lo que significa el concepto de capitalidad en el mundo europeo moderno, tiene todo el resto expandido por sus campos y nadie se acuerda de él, y eso es menester llegar a dotarlo de una gran vigorosidad política para que pueda ser una esperanza y una amenaza, las dos cosas tienen que ir unidas, para los que se preocupan ante todo de la vitalidad nacional. Para todo esto, que más en alusión que en exposición os he dicho, yo solicito la colaboración de los hombres de buena voluntad.
No se entienda, por lo frecuente que ha sido en este mi discurso el uso de la palabra nacional, nada que tenga que ver con el nacionalismo. Nacionalismo supone el deseo de que nuna nación impere sobre las otras, lo cual supone, por lo menos, que aquella nación vive. ¡Si nosotros no vivimos! Nuestra pretensión es muy distinta: nosotros, como se dice en el prospecto de nuestra Sociedad, nos avergonzaríamos tanto de querer una España imperante como de no querer una España en buena salud, nada más que una España vertebrada y en pie.



Vieja y Nueva Política. Conferencia dada por
José Ortega y Gasset el 23 de marzo de 1914
en el Teatro de la Comedia. Madrid.
Revista de Occidente. Madrid. Colección El Arquero, 1963.
Edición y notas: La Voz en el Desierto de Vicuña.









95 Años Después.

Partamos por decir que he editado este discurso para adaptarlo al lector actual, ya que el uso reiterado del hipérbaton y las frases intercaladas, lo vuelve demasiado barroco y dificil de leer para una población, en un 75% “funcionalmente analfabeta” .
Nota primera: Lo que no quiso decir mi maestro.
Más aún: las muchedumbres, para los efectos políticos, tienen siempre como una media edad: el pueblo ni es nunca viejo ni es nunca infantil: goza de una perpetua juventud… y, como todo joven, “goza” de un conocimiento y una ignorancia incompletas sobre la complejidad del mundo, causa de su torpeza en la actuación histórica. El pueblo siempre padece “La Edad del Pavo”. Que esto no lo haya dicho mi maestro, se debe, tan sólo, a que esta es una conferencia en un teatro y, el públiko no gusta de que le digan “Nada menos que Toda la Verdad”, que es lo mismo que decir: Le gusta que le mientan, ¡Siempre!, un poquito. De otra manera no se entiende el gusto por el “happy end”. El embeleco yanqui que sedujo al mundo.
Nota aparte: EL mito griego de Eros y Psiké es happy, en cambio, Romeo y Julieta, no. Por otra parte: ¿Alguien se ha dado cuenta cómo las ideas de los Genios son cooptadas por “los poderosos” (este tópiko me recuerda tanto a Ferrater Mora) para sus mezquinos fines? Para muestra, basta con ver cómo una parte de, la inmensa y mesiánica, Liga de Educación Política degeneró en los, hoy prolíficos, “think tank”. Los llamo “tanques del pensamiento”: disparan cada hueá y a todo lo que se mueva o no.
Segunda nota: Un Maestro siempre es profético. Basta reemplazar España por Chile y 1914 por 2009. Esta dicotomía entre las dos Españas se resolvió con la Guerra Civil y acá, con El Golpe, se inició nuestra propia “Restauración”. De haber sido “pescado”, se habrían ahorrado ambas (yo sé que Aylwin lo lée asiduamente). Quien sepa leer, que, ¡corra!
Lo peor de todo es que esa palabra (Restauración) me es tan querida, por la Meiji, que es todo un desgarro en mio cuore oírla de boca de mi maestro acompañada de tales significados. Pero La Historia es inapelable, como la Muerte.
Tercera nota: Se ve que el “Ominami chico” no ha pensado seriamente ni cinco minutos en “política”: el único problema de Codelco es no poder reinvertir sus ganancias. Ya que es tan neoliberal, cómo es posible que no se haya hecho la pregunta obvia: ¿Puede existir una empresa que no reinvierta sus utilidades en mejorar su gestión? Y, sin embargo, CODELCO le dio de comer todo el tiempo que fue diputado (y a todos nosotros, por si no te diste cuenta).
¡Eso sí que es “morder la mano que te alimenta”!, como me decía mi adorada madre. Conste que no sólo él, sino todos “los políticos” (¡porbre Maximiano!) y, ¡ojo!, también a los que le venden armas al Estado chileno.
Otra inquietud: ¿Por qué el 70% de Cu chileno lo explotan y beneficia SÓLO a extranjeros? Ninguno de los tres cándidos ha dicho nada a respecto. ¿Cómo van a financiar “más Estado”?
La solución es más sencilla que el problema. Además, eso sí que enorguellecería a su padre, no estar haciendo caso a la “Derecha golpista” que ahora preside el Senado y está a punto de hacer lo mesmo con “todos los shilenos”.
Lo peor de nuestro caso es que tampoco él representa un verdadero kambio, porque se comporta igual que los otros candidatos: “Está abierto al debate” de una central eléctrica atómica. Primero, lo de “abierto al debate” es la misma fórmula “nunka kedas mal kon nadien”(de la derecha) de “Los viejos son de lo peor/ nunca tuvieron ni una pizca de razón”. Segundo: Otra vez queda de manifiesto su oportunismo de mierda y genuflexo hacia la misma derecha golpista que mató a su padre. ¿¡Cómo mierda es posible que haya consentido siquiera pensar en energía atómika, justo después de que el Prescindente de la CPC (la misma a la que combatió su padre) dijo que era necesaria para “diversifikar la matriz eléktrika”!? Los hijos siempre traicionan a sus padres, ¡SIEMPRE! ¡Gracias a Dios!... yo hice lo mío.
Digo que es peor, porque ni siquiera es creíble como cohartada intelectual, ya que es de públiko konozimiento ke la energía solar en nuestro amado desierto de Atacama daría un 40% de rendimiento que el obtenido en Andalucía y conste que lo dijo la misma empresa española que le instaló dos centrales al “Gobernator” estando la gordi Bache de “visita de Estado” por la mismísima “Paradise City”.
Si el “candida-to étiko” se comporta de dicha manera: ¿¡Qué mierda puede esperarse de “Los viejos son de lo peor/ nunca tuvieron ni una pizca de razón”!? Por otra parte, él, que tanto se enorgullece y nos enrostra diariamente su carnet sub-50, es el más senil de todos, si cree que me tragaré sus estúpidas “kontradikciones” (no digo mentiras por respeto a su padre. Sería muy triste ke semejantes genes engendren un traidor). Igual NO va a pasar a segunda vuelta, ya hay otro hijo con más ilustre progenitor.
Nota cuarta: Otro rasgo distintivo de un Maestro: Siempre dice lo mismo: ¡TODO ES UNO! Por ejemplo: La únika originalidad de Argüelles es recordar: TODO ES TIEMPO. ¿Cuántos habrán comprendido esta idea?
Por mi parte, inmodestamente advertí los efectos de la crisis subprime en Chile con un año de anticipación. No sólo eso, también dije que era la última crisis económica antes del Fin (siguen los ciclos de baja intensidad de las manchas solares: 11 años) y sus efectos no hacen más que aumentar subrepticiamente, como un gusano, por la campaña de desinformación de los medios, para que sigas confiando tu dinero a los especuladores que la crearon: Fondos mutuos, aseguradoras, bancos y AFPs. Todos fuimos “trasquilados” con la excusa “subprime”.
También inmodestamente, digo: Cada Prescindente de la Des-Concertación es un Cánovas shilensis y el socialista su partido “domesticado”, recordemos cuando el viejo habló de “la izquerda dinástica”. ¿Algo más actual?
Quinta nota: Un pueblo, como una persona, puede mentirse a sí mismo todo lo que quiera, fingir que está “regio, estupendo”, pero a la Historia no se la puede de engañar: sólo hay una cosa que hacer, todo lo demás es deserción vital. El mismo Ortega excribió en, la década del '20 del siglo pasado, El Tema de Nuestro Tiempo: “Yo creo que en toda Europa, pero muy especialmente en España, es la actual una de estas generaciones desertoras. Pocas veces han vivido los hombres menos en claro consigo mismos, y acaso nunca ha soportado la humanidad tan dócilmente formas que no le son afines, supervivencias de otras generaciones que no responden a su latido íntimo. De aquí el comienzo de la apatía, tan característico de nuestro tiempo, por ejemplo, en política y en arte. Nuestras instituciones, como nuestros espectáculos, son residuos anquilosados de otra edad. Ni hemos sabido romper resueltamente con esas desvirtuadas concreciones del pasado, ni tenemos posibilidad de adecuarnos a ellas”.
Todos se preguntan, hipócritamente: “¿Por qué Chile no crece?” Y piensan sólo en la economía. Mucho antes que la economía, ¡está la vida! ¿Alguien recuerda esta 'frase': “No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre?”. Toda La Civilización es el “sábado”, incluida, obviamente, la famosa economía. Para que crezca la economía, primero debe crecer el pueblo que la sustenta, habría sentenciado el Pepe. ¿Cómo puede crecer un pueblo con hambre y frío?
Es estúpido creer que la religión comienza y termina en un edificio (Tempus-Templum decían los latinos, recordó Eliade) o compete sólo a los “días feriados”. Una verdadera religión lo es todo o nada.
¿Por qué la “política” es “el reino de la hipocresía”? Nadie quiere hacer nada para arreglar nada. Tal como dijo mi maestro: “para que no se altere el orden público, se renuncia a atacar ninguno de los problemas vitales” eso sería meterse en probelmas con todos, ya que TODO ESTÁ MAL. Arreglar algo conlleva, tarde o temprano, tener que arregarlo todo. ¿Por qué la LGE no akabó con el lucro ni las Isapres con las enfermedades ni las AFPs con la indigencia ni las grandes empresas con el desempleo? Es patétiko ver a los pinguinos rogando porque el Estado Central se haga cargo de su perdición, perdón, adiestramiento para la empresa, es decir, educación.
Como nada QUIEREN hacer (de qué otra manera podrían vivir diciendo y haciendo siempre lo mismo: ¡NADA!), inventan distracciones: farrándula, fútbol, política, religión, moda, mall, etc. ¿Qué habría dicho el viejo si hubiese presenciado el auge de la televisión? Lo mismo que critica a los diarios: son los “resonadores” de la Restauración-Transición. Menos mal que murió antes.
Nota sexta: A propósito: ¿Qué mayor distracción que una guerra? Nunca arreglan nada. Pregúntenle a los veteranos de las Malvinas, Irak Afganistán o, ahora , al prescindente García (y su masacre indígena) o a la misma gordi Bache. ¿Cómo puede andar comprando más aviones (con sus cohetes) y helicópteros antisubmarinos, ¡mientras nos recagamos de hambre, frío, virus de mierda y se nos viene un “niño” de akellos!? Su vocación de “Hija del General” venció a la de doctora. Le gustó más el mowad que el estetoscopio. Siempre dije que akella salida a “patrullar” no era sólo una imagen, sino la manifestación de su más íntima vocación: patrullar Lima o La Paz. Triste destino nos aguarda a la vuelta de ésta década. ¿De qué crees que estuvo conversando con Obama, cuando hablaron de “energía”? De como sacar el gas de Tarija, sin pagar lo debido, obviamente.
Algunas preguntas: ¿Qué va a pasar si Ollanta gana la próxima prescindencial en Perú, nuestra “provincia rebelde”? ¿De qué otra manera se explica que siempre nos estemos matando con ellos? ¿Es la primera vez que su economía tiene seis mil millones de dólares “chilenos”? ¿Qué pasó la otra vez que Perú subió los impuestos a las operaciones chilenas en su territorio? ¿Recuerdas por qué fue la “Guerra del Pacífico”? Según Jocelyn-Holt, ésa fue la tercera. Desde nuestro nacimiento como “país” (somos “paisaje”), estamos condenados a matarlos, para mantener nuestra “independencia”, de ellos; mas no del imperio “de turno”.
Séptima nota: Mirad cómo en toda Europa comienzan nuevos fervores de luchas liberales y mirad cómo no encienden esa pasionalidad política modernísima, utopías más o menos remozadas, sino el ideal de la eficacia. Y todos los vejos mentirosos lloran por sus sus fracasadas “utopías”, cuando no sirven para otra cosa. Ver, del mismo autor, su desconocido ensayo “El Ocaso de las Revoluciones”, donde trata el tema en profundidad.

Comentario final.
Lo malo es que “el intento de nuevos usos” (el heroísmo) es penado por la sociedad con el mote de “revolucionario” y todos sabemos cómo los (ex)terminan.
Lástima que este libro haya llegado a mis manos hace tan poco tiempo, a ponerle palabras a algunos de mis “oscuros pensamientos”, como decía el Hugo cada vez que me saludaba. Nos habría ahorrado muchos quebraderos de cabeza: anticipa el futuro próximo y, de pasada, explica el “Fenómeno Ominami chico”, que tan sólo es lo que dejó esta ola, de la cual ni siquiera es el Gran Kahouna, (averiguar natalicio) pesar de su kin Lahak Ahau, hasta el próximo 12-6.
Ya es hora de ser el Gran Kahouna... ¡Todos!
“Nuestro problema es mucho más grande, mucho más hondo; no es vivir con orden, ¡es VIVIR primero!”.
Este “probema” se denomina “Krisis Histórika”. Leer al mismo Ortega o a su nieto intelectual, Ferrater Mora.
¡Cuanto más cierto es esto para nosotros, que tenemos al DFT del 2012 a la vuelta de la esquina!
El Estado es una máquina oxidada y obsoleta. ¿Podría formar un Ministerio de algo tan Misterso como la Noosfera? Si lo crease, sería tan patético como los de “Cultura” y “Medio Ambiente”, que ni siquiera son, formalmente, Ministerios, como sí lo son, por ejemplo: Interior, Hacienda y Defensa. ¿Qué nos quiere de ir esto? Muy sencillo: El Estado no está para “salvarte la vida”, sino para hacer que la otra máquina, que sí funciona perfectamente para lo que fue creada (moler carne humana y de las otras), el Mercado, no parase jamás.
La fórmula no es “La Vida para la Economía”, sino “La Vida para el Egoísmo que mueve al Mercado”. Ese es el mensaje verdaderamente re-evolucinario del Beto (Maturana). La vieja revolución creyó que al Mercado lo “domaba” el Estado. Pero el eje de la vida podría estar puesto en otro hacer, por ejemplo, lo que denomimanos “Arte” ó “Deporte” (recordemos que alguna vez lo estuvo en la religión) y no se habría cambiado nada, porque estaría bajo el mismo “dominio operacional”, la misma emoción (egoísmo) dirigiendo todas las acciones.
Si los empresarios fuesen la mitad de malos de lo que son, este mundo no podría ser otra cosa que, ¡el Edén!
A prosópito de eso, recuerdo el siguiente poema de Bertolt Brecht:

La máscara del mal

Colgada en mi pared tengo una talla japonesa,
máscara de un demonio maligno. Pintada de oro.
Compasivamente miro
las abultadas venas de la frente, que revelan
el esfuerzo que cuesta ser malo.

Para “Kambiar al Mundo”, debe Kambiar el Ko(n)razón de la Sociedad: Tu programación emo-mental.
Pero, para que ello ocurra, tal como dijo mi maeztro: “Es preciso hacer una llamada enérgica a nuestra generación, y si no la llama quien tenga positivos títulos para llamarla, es forzoso que la llame cualquiera; por ejemplo, yo”.
www.ligadeeducacionpolitica.blogspot.com

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